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sábado, 10 de octubre de 2026

Los Nobel de 2026 honran a los audaces que se enfrentaron a las preguntas esenciales de la ciencia

 

Los Nobel de 2026 honran a los audaces que se enfrentaron a las preguntas esenciales de la ciencia

Los premios de Física, Medicina y Química reconocen descubrimientos que parten de lo diminuto para acercarse a algunos de los mayores enigmas científicos: el universo, la vida y la consciencia

Un visitante en el Museo de los Premios Nobel.TOM LITTLE (REUTERS)

La ciencia moderna ha aprendido a defenderse con una palabra formidable: utilidad. Investigamos para curar enfermedades y hacer más habitable el mundo; también, para luchar guerras, multiplicar fortunas y fabricar necesidades que nadie sabía que tenía. Pero hay preguntas científicas que surgen de las profundidades de lo humano y que ni siquiera la confusión de la modernidad ha conseguido ofuscar del todo. ¿De qué está hecho realmente el universo? ¿Qué extraño orden hace posible la materia viva? ¿Cómo puede un pedazo de materia llegar a pensar que existe? Este año, los premios Nobel parecen haberse confabulado para honrar a los audaces de enfrentarse a preguntas de esta estirpe.

Empecemos por el Nobel de Física. El neutrino es quizá la más fantasmal de las partículas elementales: carece de carga eléctrica, tiene una masa diminuta y atraviesa casi toda la materia sin dejar rastro. Pauli postuló su existencia en 1930 para explicar la energía que parecía desaparecer en ciertas desintegraciones radiactivas y, desde entonces, su misterio no ha hecho sino crecer. Sabemos que los neutrinos tienen masa y cambian de identidad mientras viajan, pero ignoramos por qué esa masa es tan pequeña y cómo encajan en una teoría completa de las partículas fundamentales. Son, a la vez, habitantes y grietas del edificio de la física contemporánea. Y precisamente porque apenas interactúan con la materia, pueden atravesar el universo casi intactos, trayendo noticias que la luz no puede revelarnos. De ahí surgió la pregunta: ¿podríamos utilizar esas partículas casi inasibles para estudiar el universo?

La respuesta de Francis Halzen fue IceCube: convertir un kilómetro cúbico del hielo antártico en un gigantesco telescopio para atrapar neutrinos. Halzen confesaba que su desconocimiento de ciertos problemas de la óptica del hielo había resultado providencial: de haber leído antes por qué aquello difícilmente podía funcionar, quizá nunca lo habría intentado. Cuando un entrevistador le señaló la suerte que había acompañado aquella aventura, Halzen respondió con una frase que podría servir de divisa a estos Nobel: “Sin duda. Pero a menos que te atrevas, no puedes tener suerte”.

La optogenética, la técnica ganadora del Nobel de Medicina, se acerca a otro misterio formidable: el cerebro humano, esa materia complejísima con la propiedad de pensar sobre sí misma. Francis Crick, uno de los descubridores de la estructura del ADN, dedicó sus últimos años a la consciencia y llegó a imaginar que la luz podría permitirnos controlar neuronas con la precisión necesaria para interrogarla.

La premonición de Crick se materializó desde un lugar improbable. Peter Hegemann y Georg Nagel estudiaban cómo el alga unicelular Chlamydomonas se orienta hacia la luz, cuando identificaron las channelrhodopsinas, proteínas sensibles a ella. Karl Deisseroth y sus colaboradores comprendieron después que aquel mecanismo podía trasladarse a las neuronas y, en 2005, demostraron que podían activarlas con pulsos de luz. Había nacido la optogenética: la posibilidad de intervenir sobre neuronas concretas para descubrir qué percepciones, movimientos o conductas dependen de ellas, usando luz. Para interrogar la conciencia, la ciencia tuvo que pedir prestado un interruptor a un alga.

El Nobel de Química se acerca a una pregunta aún más antigua: qué distingue a lo vivo de la materia que no vive. La vida muestra una misteriosa predilección por la asimetría. Muchas moléculas existen en dos formas especulares o quirales, semejantes a nuestras manos: tienen los mismos componentes, pero una no puede superponerse a la otra. La química ofrece las dos manos; la vida, misteriosamente, ha escogido una para construir sus proteínas y la contraria para los azúcares de sus ácidos nucleicos.

No es una exquisitez geométrica. La tragedia de la talidomida mostró brutalmente hasta qué punto la orientación de una molécula puede importar. Administrada a embarazadas para aliviar las náuseas a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, provocó graves malformaciones en miles de bebés. Una de sus formas quirales se asoció al efecto terapéutico y la otra al teratogénico. La diferencia entre una molécula y su imagen en el espejo podía separar, así, el remedio de la catástrofe.

Henri Kagan demostró que una pequeña preferencia por una de esas formas especulares de las moléculas podía amplificarse durante una reacción química. Kenso Soai dio después un paso extraordinario: descubrió una reacción autocatalítica en la que el producto favorece la producción de nuevas moléculas de su misma forma quiral. Una diferencia inicialmente minúscula puede así amplificarse hasta que una de las dos formas termina dominando sobre la otra en una población de moléculas. Más desconcertante aún, incluso fluctuaciones surgidas al azar pueden ser amplificadas de este modo. No sabemos si un proceso semejante estuvo en el origen de la asimetría de la vida, pero la reacción de Soai ofrece un mecanismo imaginable para algo mucho más profundo: que una diferencia casi imperceptible se convierta en historia; que el azar, al amplificarse, adquiera dirección.

Hay algo humilde y a la vez desmesurado en estos tres premios. Ninguno pretendió resolver el universo, la vida o la conciencia: buscaron una partícula, una proteína, una reacción, porque en el detalle se insinuaba un misterio mayor. Y en los tres casos, entre la pregunta y la respuesta se coló un personaje que nuestra época racionalista preferiría desterrar: el azar. La serendipia no es ignorancia ni milagro, sino el encuentro improbable entre el accidente y una inteligencia preparada para reconocer, de pronto, aquello que buscaba sin saber todavía cómo encontrarlo.

Quizá por eso estos Nobel de 2026 tengan, paradójicamente, algo de medievales. En 1296, Ramon Llull imaginó en su Arbre de ciència el conocimiento como un árbol cuyas raíces, tronco y ramas sólo adquirían sentido porque pertenecían a una misma realidad. Conocer no era separar una cosa del mundo, sino descubrir los vínculos que la unían al resto. La ciencia moderna ha dividido aquel árbol en ramas cada vez más finas y ha recogido frutos que Llull habría considerado milagrosos; pero estos premios recuerdan algo que el viejo mallorquín habría comprendido: nadie se enamora de una rama sin sospechar el árbol.

La paradoja se acentúa en nuestra época de inteligencia artificial. Una máquina podrá descubrir relaciones que no sabemos calcular e incluso frutos que no sabíamos buscar. Pero permanece una pregunta anterior al cálculo: ¿por qué nos importa el árbol? Hay quizá aquí una asimetría más profunda que la de las moléculas. La conciencia humana es siempre particular, confinada a un cuerpo y a un instante, y sin embargo se obstina en buscar el todo; quiere pasar de la pieza al dibujo, de la rama al árbol. Por eso acaso nos fascine tanto la serendipia: es el instante en que el azar encuentra una consciencia capaz de reconocer, en lo pequeño, la huella de algo que la excede y, al reconocerla, transformar el accidente en dirección.

Los habitantes algo desorientados de la modernidad hemos perdido la certeza de Llull de que todas las ramas conducen a una misma verdad. Pero no hemos perdido todavía algo quizá más antiguo y más obstinado que aquella certeza: la necesidad de seguir buscándola.