30 de diciembre de 2019. Un teléfono suena en el Instituto de Virología de Wuhan, China. La doctora Shi Zheng Li recoge la llamada mientras trabaja en su último hallazgo, unas misteriosas muestras de pacientes infectados por una enfermedad desconocida. Al otro lado de la línea se encuentra su jefe, el director del centro, y el mandato es claro desde el primer momento: "Deja todo lo que tengas entre manos e investiga este patógeno", recuerda Shi.
Sin saberlo, ambos habían dado con un nuevo y extraño tipo de coronavirus, uno especialmente peligroso por su neumonía atípica y que proviene de la misma familia que el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), una enfermedad transmitida por murciélagos que causó más de 800 muertes entre 2002 y 2003. Y este es el campo de Shi, a la que sus colegas virólogos conocen como "la Bat Woman de China" debido a sus expediciones de caza de virus en cuevas de murciélagos, disciplina en la que se ha curtido durante los últimos 16 años.

"Me preguntaba si [la autoridad municipal de salud] se había equivocado; nunca hubiera esperado que esto sucediera en pleno centro de China", recuerda en declaraciones a Scientific American. Sus estudios demostraban que el riesgo de transmisión de animales a humanos se intensificaba en las áreas subtropicales del país como Guangdong, Guangxi o Yunnan, pero nunca había sucedido en un núcleo urbano de las dimensiones de Wuhan.
No tuvo tiempo de buscarle explicación. Antes de descubrir su origen, la misteriosa enfermedad corrió como la pólvora y se instauró en la capital de Hubei, primero, y en el resto del mundo, después. Mientras se escriben estas líneas el coronavirus, ya catalogado como Covid-19, ha producido 81.000 infectados en China, más de 11.000 en España y un total de 180.000 enfermos en todo el mundo.

Todos los continentes, a excepción de la Antártida, tienen casos diagnosticados, y cerca de 7.200 personas han fallecido a causa del brote, recientemente considerado como pandemia.
Porque esta es una de las más desoladoras que hayan afectado al mundo en las últimas décadas, superando tanto en contagios como en víctimas a infecciones como el ébola, el Zika o el SARS; y en muchos países ya ha provocado más muertes que la Gripe A (H1N1), causante de 18.000 decesos en todo el mundo. El origen de la enfermedad, así como su cadena de transmisión, es la clave para acabar con ella.
La doctora Shi Zheng Li y el director del Instituto de Virología de Wuhan.


Instituto de Virología de Wuhan

A la caza de los coronavirus

La primera vez que Shi se puso las botas de espeleóloga fue en 2004, durante el caluroso verano que azotó a la provincia de Guangxi (China). Rodeada de un equipo internacional de investigadores, la entonces desconocida viróloga se adentró en las colonias de Nanning, unas profundas y estrechas cuevas de caliza blanca y carámbanos colgantes donde el principal anfitrión, el murciélago de herradura, habita entre humedales y grietas en la roca. De esta comunidad de esquivos voladores nació la respuesta a la primera gran epidemia del siglo XXI: un tipo de coronavirus conocido como SARS.
El síndrome respiratorio agudo severo se había detectado por primera vez en las civetas, mamíferos parecidos a las mofetas nativos del Ásia y África subtropicales. Su impacto no fue tan letal como la del Covid-19 actual, pero su estudio supuso años de adelanto para entender las epidemias modernas, un primer vistazo al incierto futuro que le esperaba a los contagios masivos. Con él se reactivó la búsqueda global de virus animales que podían transmitirse a los humanos.

Shi fue una de las primeras en verlo. Aunque nunca llegó a saber cómo las civetas habían contraído la infección, sí averiguó que pandemias anteriores partían de los pequeños mamíferos voladores como los que se ocultaban en las cuevas de Nanning. Los murciélagos, infectados, habían trasladado el Hebra a los caballos australianos en 1994 y el Nipah a los cerdos de Malasia en 1998, y así se originaron ambas plagas.
Algo similar ocurrió con el SARS. Los murciélagos producían los anticuerpos necesarios para combatir el coronavirus, pero mientras estos no se activaban había un margen de entre una semana y un año en que podían infectar a otros animales. Y de ellos, como intermediarios, pasar a los humanos.

El equipo de Shi utilizó la prueba de anticuerpos para reducir ubicaciones y especies de murciélagos en los que buscar estas pistas genómicas. Después de recorrer el terreno montañoso en la mayoría de las docenas de provincias de China, los investigadores centraron su atención en un lugar: la cueva de Shitou, en las afueras de Kunming, la capital de Yunnan.
Cinco años a la caza del patógeno en las cavidades valieron la pena: una de las mayores bibliotecas genéticas naturales sobre los virus en murciélagos, con más de cien coronavirus distintos registrados. "La mezcla constante de diferentes virus incrementa las posibilidades de que surjan nuevos patógenos peligrosos", aseguraba Ralph Baric, virólogo de la Universidad de Carolina del Norte, a Scientific American; uno de ellos fue el coronavirus de 2013, una cepa que el equipo de investigación supo prever y neutralizar a tiempo, lo mismo que en 2016. Todo gracias a Shi y "sus murciélagos".
Claro que no son infalibles. La invasión de las poblaciones humanas en el hábitat silvestre, el comercio a partir de la ganadería intensiva y el aumento de los viajes nacionales e internacionales hace de la transmisión de enfermedades una certeza casi matemática. El Covid-19, o cualquier virus similar, suponía una nueva y fatal consecuencia de la globalización. Así lo mantenían Shi y sus colegas virólogos mientras investigaban las cuevas de Shitou, muchos años antes de la ominosa noche del pasado diciembre.
Grupo de personas con mascarillas en Pekín.


Reuters

La llegada del Covid-19

Ya en los albores de 2020, Shi y sus colegas se enfrentaron a su peor pesadilla. Era la misma para la que se habían estado preparando durante los últimos 16 años, pero que no dejaba de quitarles el sueño: la posibilidad de que uno de "sus virus" hubiera podido escapar e infectar a seres humanos. El resultado fue negativo, pero el miedo seguía presente.
Para el 7 de enero, el equipo de Wuhan determinó que el nuevo virus había causado la enfermedad que padecían esos pacientes. Su secuencia genómica, ahora oficialmente llamada SARS-CoV-2, era un 96% idéntica a la de un coronavirus previamente identificado en los murciélagos de herradura de Yunnan, según informaron en un artículo de la revista Nature. Así lo demuestra el análisis de 326 secuencias virales realizado por Baric, quien presupone que "los virus comparten un ancestro común" y que pudieron estar presentes durante meses antes de que los primeros casos salieran a la luz.
Para muchos, los florecientes mercados de vida silvestre de la región, que venden una amplia gama de animales como murciélagos, civetas, pangolines, tejones y cocodrilos, son una especie de olla a presión para la fusión viral. Aunque los humanos podrían haber contraído el virus mortal de los murciélagos directamente (según varios estudios, incluidos los de Shi y sus colegas), equipos independientes han sugerido en estudios previos que los pangolines podrían haber sido el huésped intermedio qeu transportó la enfermedad de murciélagos a humanos.
Según los informes, varios coronavirus similares al SARS-CoV-2 estaban presentes en estos animales, incautados en operaciones contra el contrabando en el sur de China.

El 24 de febrero, el Gobierno anunció una prohibición permanente del consumo y el comercio de vida silvestre —excepto para fines de investigación o medicinales—, lo que supuso el cierre de una industria de 76.000 millones de dólares. Ahora que está prohibido, existe el miedo de que el mercado negro se haga con el tráfico de estos productos. Si cuando estaba regulado era dificíl de controlar, detectar enfermedades en un mercado clandestino puede convertirse en toda una quimera.
En cualquier caso "el comercio y el consumo de vida silvestre son sólo una parte del problema", indica Shi. A finales de 2016, los cerdos de cuatro granjas en el condado de Qingyuan (Guangdong), a 60 millas del sitio donde se originó el brote de SARS, sufrieron vómitos agudos y diarrea: casi 25.000 murieron sin que los veterinarios identificasen ningún patógeno conocido. Shi investigó el caso y descubrió que la causa de la enfermedad, llamada síndrome de diarrea aguda porcina (SADS), resultó ser un virus cuya secuencia genómica era un 98% idéntica al coronavirus de uno de sus murciélagos.

El brote de Wuhan es el sexto causado por virus transmitidos por murciélagos en los últimos 26 años. Antes que él se conocían los casos de Hendra en 1994, Nipah en 1998, SARS en 2002, MERS (síndrome respiratorio del Medio Oriente) en 2012 y Ébola en 2014, pero los animales nunca fueron el problema. "De hecho —argumenta Shi— los murciélagos ayudan a promover la biodiversidad y la salud de sus ecosistemas al comer insectos y polinizar plantas. El problema surge cuando nos ponemos en contacto con ellos".

 Científicos de Singapur prueban kits de diagnóstico contra el coronavirus.


Reuters

Qué han descubierto y cómo afrontar el futuro

Más de 2s meses después de la epidemia, y 7 semanas después de que el gobierno chino impusiera restricciones de transporte en toda la ciudad en Wuhan, una megaurbe de 11 millonesde habitantes, el ritmo de vida ha vuelto casi a la normalidad, asegura Shi. "Quizás nos estemos acostumbrando, pero lo peor ya ha pasado". Durante meses, tanto ella como sus ayudantes subsistieron en el Instituto a base de fideos instantáneos y viajes del trabajo a casa y de casa al trabajo. Ahora todo está más tranquilo.
Tra largas horas de trabajo y horarios estajanovistas, el equipo de Shi ha descubierto que el Covid-19 entra en las células pulmonares humanas mediante un receptor llamado enzima convertidora de angiotensina 2 (ACE2). La información es valiosa. Ahora que conocen el origen, sólo falta encontrar el fármaco que pueda bloquear esta invasión: una carrera por la vacuna que les enfrenta a los grandes laboratorios del planeta.

Aún así, si algo han aprendido del Covid-19 es que las medicinas están bien, sí, pero evitar las enfermedades antes de que surjan es mejor. El 70% de las enfermedades infecciosas vienen de animales salvajes, sobre todo mamíferos, por lo que encontrarlas todas aumenta el margen de acción y reduce las consecuencias. Conocer la enfermedad, detectar un posible brote y evitar la epidemia es el objetivo de cara al futuro.
De vuelta a Wuhan, la Bat Woman de China se ha retirado ya de la primera línea de búsqueda y captura de los virus, dejando tras de así una amplia experiencia y una de las mayores bibliotecas víricas del mundo. A sus ojos "es sólo la punta del iceberg, pero la misión debe continuar", sobre todo cuando otras 5.000 cepas de coronavirus esperan todavía a ser encontradas. "Vendrán y causarán más brotes —asegura—. Debemos encontrarlos antes de que ellos nos encuentren a nosotros".
Más vale prevenir que curar, que se suele decir.