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martes, 4 de enero de 2011

Cardumenes de peces y crisis económicas (Okinomia-rankia)


Como le pasa a mucha otra gente, los “documentales de la 2” sobre bichos que ponen en televisión en las sobremesas suelen ser un método casi infalible para sumirme en el delicioso sopor de la siesta. Y si digo “casi” es porque hay un tipo que tiene sobre mí el efecto contrario, de modo que en que en vez de amodorrarme me despejan. Se trata de aquellos reportajes en que aparecen bandadas de pájaros o cardúmenes de peces moviéndose majestuosamente al unísono, ejecutando sin que sus cientos o miles de sus miembros cometan error alguno, las más increíbles coreografías no habiendo director ni música ni guión alguno. Tal nivel de sincronización entre tantísimos “individuos” me ha llamado siempre poderosamente la atención, pues me resulta sorprendente, mágico, irreal.
Nada hay en principio semejante a escala humana. Quienes hayan hecho la mili recordarán las tediosas horas de instrucción en que, apoyados por unas músicas que marcaban machaconamente el ritmo del paso los reclutas encuadrados en agrupaciones perfectamente simétricas desfilaban y ejecutaban unas elementales coreografías siguiendo las muy elementales órdenes (“de frente”, “media vuelta”, “giro a la izquierda”,”a la derecha”,...) que les gritaban sus superiores. Y, aún así, ocurría que siempre, siempre, llegado el momento del desfile, había errores, había problemas de sincronización que obligaban a a aquellos que se equivocaban a cambiar el paso dando un pequeño saltito sobre la misma pierna para acomodar su paso al de los demás. Nada que ver, obviamente con la sincronización magnífica de un cardumen de miles de sardinas que sin música, órdenes, ni encuadramiento simétrico que facilite los movimientos y ajustes, se mueve al unísono cambiando a la velocidad del relámpago la dirección, velocidad y apariencia del entero conjunto. Y no digamos lo que acontece cuando llega un predador al banco de peces o a la bandada de estorninos. Entonces, a la velocidad del rayo se produce una dispersión ordenada en la que los miles de ejemplares no se obstaculizan en su huida los unos a los otros, para luego, pasado el peligro, reconstruir casi rápida casi instantáneamente el cardumen. Y aquí, la diferencia con lo que acontecía en los campos de batalla del Antiguo Régimen en donde la estrategia todavía imponía la batalla en formación, es abismal. ¡Cuán difícil, por no decir imposible resultaba a los mandos mantener el orden en las filas ni aún amenazando con la muerte a los que lo rompiesen! Y si llegaba la orden de retirada, el “sálvese quien pueda” se traducía en total desconcierto, en masacre segura. Las dificultades de un comportamiento sincronizado para los humanos son proverbiales, como lamentablemente lo muestran los repetidos desastres que acontecen cuando en discotecas, estadios o teatros mueren más personas aplastadas por otras al tratar de huir que por el incendio o el desastre que originó el pánico y la huida descoordinada. En suma que se diría que sin seguir una coreografía, sin repetir unos ensayados pasos de baile o marcha, los humanos no podemos comportarnos sincronizadamente1.
La razón de esos comportamientos sincronizados, su porqué, en el reino animal están claras. La selección natural las ha sacado a la luz como medio de dispersión de riesgos frente a la amenaza de los depredadores y como medio de avistamiento de depredadores: mucho ojos ven más que dos. Una sardina cualquiera tiene más probabilidades de sobrevivir dentro de un cardumen que fuera de él. Pero lo que es más complicado es explicar el cómo se produce ese comportamiento grupal tan altamente sincronizado. Me voy a remitir aquí a un magnífico vídeo2 del matemático experto en redes Steve Strogatz en http://www.ted.com/talks/lang/spa/steven_strogatz_on_sync.html donde se explica cómo se han elaborado modelos de ordenador de este comportamiento grupal extraordinariamente sincronizado mediante el supuesto de que los “individuos” que forman parte del cardumen o de la bandada siguen tres reglas extremadamente sencillas: 1ª) (consciencia/conocimiento local) cada individuo se preocupa solamente por el comportamiento del muy pequeño grupo formado por los que le rodean espacialmente, 2º) (alineación/imitación) todos los individuos manifiestan una tendencia a alinearse, y 3º) (agrupación) todos los individuos se atraen los unos a los otros pero guardan un distancia entre ellos que es mayor, por ejemplo, entre los pájaros de una bandada (tres o cuatro cuerpos de distancia) que entre los miembros de un cardumen de peces (uno o a lo sumo dos cuerpos de distancia). Pues bien, con estas tres reglas un ordenador puede construir un cardumen sincronizado virtual que imita perfectamente el comportamiento de un cardumen real. Y lo que me parece más sorprendente es lo que sucede cuando ataca un depredador, Strogatz dice que los miembros del cardumen se dispersan al azar, cada uno siguiendo su propio instinto de supervivencia. No estoy de acuerdo, cada individuo huye pero lo sigue haciendo coordinadamente, sincronizadamente, por lo que no hay azar (si lo hubiera algunos chocarían con los otros o se dirigirían directamente hacia las fauces o las garras del depredador).
Pero, ¿a qué viene todo esto en un blog de Economía como este? Pues, en principio, a nada ya que en nada se parece el comportamiento en grupo de los peces o los pájaros al de los grupos de agentes económicos que pululan en las páginas de los modelos económicos. Sí, resulta obvio que cuando el precio de un bien sube, la cantidad que del mismo demanda el conjunto de los consumidores decrece (por lo general). O sea, que todos al unísono disminuyen sus compras. Pero, obsérvese que ese comportamiento agregado o grupal es el resultado de la suma de comportamientos individuales en los que cada comprador responde a la variación del precio aisladamente, siguiendo sus propias preferencias y dadas sus propias restricciones, es decir, que cada uno de los demandantes al responder a la subida del precio lo hace “pasando” de lo que hacen los demás, al margen de lo que hagan los demás, no fijándose en las respuestas de los demás, sólo que uno por uno todos racionalmente responden de la misma manera: disminuyendo sus compras. Y esta forma de comportarse es precisamente la opuesta a lo que, por ejemplo, hacen los peces que nadan juntos en un cardumen, pues cada uno de los peces del cardumen responde sólo y exclusivamente a lo que hacen los demás que tiene cerca, imitando el comportamiento de los que lo rodean.
Obviamente, hay situaciones en que las que el comportamiento o resultado agregado influye en el comportamiento individual. Y los economistas siempre han sido conscientes de ellas. Se trata de las situaciones que ya hace muchos años, Harvey Leibenstein agrupó bajo dos grandes tipos: aquellas en que se daba lo que llamó “efecto locomotora” (bandwagon effect) modenamente rebautizado como externalidad de red, efecto que se produce cuando la utilidad de un bien depende positivamente para cada usuario del nivel de su uso por los demás de modo que su uso y su demanda por parte de cada individuo crece conforme más gente lo demanda (por ejemplo, el correo electrónico, el transporte por ferrocarril, el uso de la red telefónica o la demanda que percibe un restaurante son ejemplos típicos de esas externalidades de red); y las situaciones en que se da su opuesto, el que denominó como “efecto snob”, que se observa cuando la utilidad de un bien para cada usuario depende negativamente de su nivel de uso por parte de los demás, los bienes snob son bienes que un individuo usa cuando trata de distinguirse del resto, de modo que cuando su uso se generaliza, su utilidad cae.
Pero, si se piensa un momento, resulta evidente que en los casos en que hay externalidades de red, en presencia de efectos locomotora, aunque el comportamiento grupal se parezca a un comportamiento sincronizado, no hay una auténtica sincronía. Cuando la gente acude al mismo barrio de copas porque a ese barrio es adónde va mucha gente, no hay sincronía, sino que es el resultado agregado de decisiones aislada de cada individuo cada una de las cuales responde al hecho de que la utilidad de tomarse una copa es, para cada individuo y por una diversidad de razones, mayor donde hay más gente.
Si de la Microeconomía pasamos a la Macroeconomía, nos encontramos con lo mismo. O sea, que tampoco hay comportamientos agregados sincronizados. En los enfoques macroeconómicos más recientes y sedicentemente científicos (por presumir de tener una fundamentación microeconómica), los modelos llamdaos de la Nueva Economía Clásica, o del Ciclo Real o (más modernamente) modelos DSGE (Dynamic Stochastic General Equilibrium), se observan ¡cómo no! comportamientos agregados por parte de los agentes en la misma dirección, pero no hay en ellos la menor sincronización, pues -alucinantemente para quienes no han pasado por una facultad de Economía- son modelizaciones de la realidad económica en que se supone que todos los agentes son racionales completamente y tienen la misma función objetivo, o sea que realmente son idénticos los unos a los otros, de modo que hablar de comportamiento agregado es realmente un abuso del lenguaje pues en esos modelos el grupo se comporta como un sólo individuo porque no hay diferencias interindividuales. No hay en estos modelos problemas de coordinación macroeconómica porque realmente no hay agentes diferentes que se tengan que coordinar. Los agentes en ellos, todos los agentes, responden racionalmente a las alteraciones exógenas o imprevistas que a todos acontecen, siendo racionales y compartiendo funciones objetivo a maximizar no es nada extraño que todos respondan de igual manera. En el fondo, en estos modelos no hay “crisis” si por crisis quiere denominarse algo distinto a una adaptación activa y racional ante un shock.
Veamos qué sucede en los modelos de corte keynesiano. Aquí las cosas son un poco distintas. En los modelos keynesianos clásicos por no haber no hay (al menos en primer plano) “individuos” que tomen decisiones sino sólo “funciones” agregadas que recogen el comportamiento del conjunto de los agentes a partir de unos supuesto ad hoc: la función de consumo que recoge el comportamiento de la miríada de consumidores que están en un segundo plano, la función de inversión que recoge el comportamiento de las empresas, la función de exportaciones que recoge el comportamiento de los extranjeros y la función que recoge el comportamiento neto del sector público. Obsérvese que para que se produzca una recesión, una crisis económica, es necesario que se produzca una caída en los componentes autónomos de la demanda efectiva (una disminución del consumo autónomo o de la inversión autónoma o del gasto público autónomo o del componente autónomo de las exportaciones), y dada la estabilidad de la función de consumo y del sector público, el peso fundamental a la hora de explicar el comportamiento cíclico de una economía recae en el inestable comportamiento de la inversión agregada. Una caída autónoma en la inversión genera mediante el juego del multiplicador una recesión económica. Cada empresa para tratar de reducir costes dada la reducción en sus ventas despide trabajadores lo que deprime la demanda de bienes de consumo y las expectativas empresariales, lo que deteriora aún más su posición económica,. Cada unidad doméstica al tratar de incrementar su ahorro para hacer frente a la depresión disminuye su demanda de bienes de consumo lo que deprime la demanda agregada, la producción y la renta lo que dificulta el ahorro. Ahora bien, la pregunta clave es la de que cómo o por qué se puede producir, por ejemplo, una disminución de la inversión autónoma agregada que cause una recesión. Pues porque el conjunto de los empresarios disminuye de modo más o menos sincronizado sus demandas de bienes de capital y de trabajo. Y ¿por qué se comportan así? Pues realmente no se sabe porqué. Keynes habló vagamente de unos “animal spirits” que andan fantasmagóricamente por debajo de las decisiones de inversiónafectando a las expectativas empresariales, pero poco más.
Dicho con otras palabras. En los modelos keynesianos, cada agente se adapta al mercado pasivamente de modo que, si por las razones que sea, se produce una crisis, ésta luego se desenvuelve progresivamente conforme los agentes responden a las caídas en sus ventas e ingresos, disminuyendo sus demandas, dando origen a una caída adicional de las ventas e ingresos, y así sucesivamente. Tampoco hay aquí comportamiento sincronizado como el que se observa en un cardumen de peces (salvo en el momento inicial: aquel en que se produce la caída inicial en los componentes autónomos de la demanda agregada), pues cada agente no se comporta imitando el comportamiento de los demás sino que responde a la caída en la demanda de lo que vende, en su cartera de pedidos o en la demanda de sus servicios laborales.
Pero aunque los seres humanos no se comporten agrupadamente siempre como un cardumen de peces, sin duda que en muchas ocasiones sí que se le parecen. El refranero popular abunda en consejos de comportamiento que, sin la menor duda, son los que podrían oírse dentro de un cardumen de peces: desde el “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente” hasta el “Donde fueres, haz lo que vieres” o el de “Si las barbas de tu vecino vieras pelar, pon las tuyas a remojar”, son recetas de comportamiento que satisfacen los tres requisitos del comportamiento sincronizado. Son consejas a seguirse cuando los individuos se enfrentan a entornos inciertos o desconocidos donde la forma de proceder adecuada no esdtá clara.
Y, claro está, es evidente que en los entornos económicos abundan situaciones donde los agentes disponen de escasa información a la hora de tomar decisiones o son incapaces de procesarla adecuadamente de modo que, a la hora de decidir qué hacer, miran en torno suyo y siguen la pauta de observar lo que hacen los demás como regla de actuación. Por ejemplo, no cabe duda de que en los mercados bursátiles hay situaciones en que, fuera de algunos pocos inversores expertos e informados, hay una gran mayoría de participantes que se comportan siguiendo a los demás. Y en tal caso, casi con certeza la volatilidad de los mercados se acentúa. Y más aún, no es por ello nada extraño la repetición de burbujas especulativas que aparecen siempre que un periodo de alza en lo mercados bursátiles atrae a “inversores” poco duchos en Bolsa deseosos de beneficiarse de las ganancias tan fáciles que los que ya están “dentro” están disfrutando.
Jon Danielsson y Hyun Song Shin han llamado a esta situación de volatilidad creciente en los mercados financieros debida al comportamiento en que cada agente responde a los comportamientos de lo demás sincronizadamente “riesgo endógeno” (www.nuff.ox.ac.uk/users/Shin/PDF/risk1.pdf) y han utilizado para dar una imagen de esa volatilidad inducida el caso del London Millenium Bridge, la pasarela peatonal diseñada por el equipo de arquitectura de Norman Foster para cruzar el Támesis enfrente de St. Paul, y que sorprende por ser tan liviana, grácil, casi etérea El caso es que a la hora de diseñarla, se tuvo obviamente en consideración su resistencia y su flexibilidad para resistir los embates del viento y los elementos. Pero lo que no se tuvo en cuenta fue los problemas que ocurrirían si se diese una sincronización en el paso de las personas que la atravesasen. A fin de cuentas, ¿cuál era la probabilidad de que todas las personas que la cruzasen en un momento dado marcasen de motu propio el paso como si estuviesen en un desfile? Pues a menos que se pusiesen de acuerdo, uno tendería a decir que casi nula, ¿no?. Pues no, todo lo contrario, la probabilidad de ese comportamiento sincronizado era en muchas circunstancias casi la unidad. Tal cosa sucedería siempre que por cualquier motivo, un golpe de aire por ejemplo, la pasarela basculaba arenque sólo fuese ligerísimamente hacia un lado, pues ello desencadenaba un conjunto de reacciones que acababa convirtiendo la pasarela en un auténtico vayvén de feria. Simplemente sucedía que si la pasarela se iba ligeramente hacia la izquierda por ejemplo, toda la gente que estuviese en ella para compensar esa mínima desviación respecto al equilibrio, se movía, se desplazaba, daba un paso o cargaba el paso en esa misma dirección, lo que amplificaba la magnitud de la desviación inicial. El sistema estaba diseñado para volver al equilibrio, o sea que la pasarela se desplazaba luego hacia la derecha, pero ahora la amplitud era mayor, lo que llevaba a los transeúntes a ajustarse moviéndose todos ahora hacia la derecha con lo que la desviación cobraba nuevo impulso, volviendo a incrementar la magnitud de la oscilación correctora a la izquierda, y así sucesivamente hasta que, al final, todo el mundo se movía sincronizadamente de un lado a otro como si estuviesen en la cubierta de un pequeño barco en mitad de una tempestad, amenazando zozozobra, con el consiguiente miedo y malestar físico que llevó a la clausura de la pasarela y su posterior anclaje para evitar esas mínimas oscilaciones iniciales que se amplificaban de modo tan sorprendente. No es esta una mala imagen para dar cuenta de lo que sucede demasiado frecuentemente en los mercados financieros.
Los economistas se han aproximado a este comportamiento sincronizado de los agentes bajo la denominación de “cascadas informacionales o informativas”. Se dice que estamos en presencia de una cascada informacional cuando a la hora de tomar una decisión de tipo binario (elegir entre dos alternativas opuestas: si invertir o no en un título) los individuos, debido a su propia información imperfecta o a su incapacidad de procesarla eficientemente, actúan tomando en consideración la información que le suministran las acciones de sus predecesores por encima de su propia información. Es algo totalmente cotidiano. Pensemos, por ejemplo, cómo nos solemos comportar a la hora de elegir un restaurante o un plato del menú. Es de lo más frecuente que si estamos indecisos por no tener información suficiente (respecto a si el restaurante es bueno o respecto a si un plato está bien cocinado), hagamos lo mismo qiue otros. Así que entramos en un restaurante concreto porque ya hay una mesa ocupada en tanto que en el de al lado no hay nadie, con lo que ya hay dos mesas, lo cual hace que otros potenciales clientes se decanten por este mismo restaurante. En tales situaciones unos pocos individuos que actúan con antelación acaban teniendo un efecto desproporcionadamente grande sobre las decisiones agregadas, de modo que pequeñas diferencias en las condiciones, circunstancias o decisiones iniciales se amplifican en cascada acabando creando grandes diferencias de magnitud. Al igual que todo el banco acaba imitando el comportamiento que empezaron los pocos peces que se encuentran en los límites del cardumen, el entero conjunto de decisores acaba siguiendo el comportamiento que iniciaron unos pocos.
Y, a nivel macroeconómico, algo semejante puede suceder. Fuera de aquellos -sencillos- casos en que una crisis económica es fruto de un shock de oferta o de demanda, en que, como indica su propio nombre, la economía ha sufrido un auténtico choque negativo que afecta simultáneamente a todos los agentes (por ejemplo, una subida de los precios del petróleo, o una contracción brutal de la base monetaria que origina una subida de los tipos de interés, o una caída en los componentes autónomos de la demanda agregada al estilo keynesiano), la mayoría de las recesiones económicas no son “choques” sino que se desenvuelven en el tiempo, van afectando a los agentes paulatinamente, cronológicamente. Empiezan afectando a un sector concreto (el sector financiero, el sector inmobiliario,...) y se van contagiando al resto. Pero, la cuestión es la de que cómo puede suceder esto. ¿Cómo una situación negativa que afecta a un sector o sector concreto de la economía puede, como una epidemia, contagiar al resto y acabar dando lugar a una recesión generalizada? Pues mediante algo semejante a una cascada informativa, a un comportamiento sincronizado por parte de los agentes económicos cuya información es imperfecta o su racionalidad no es completa, como presumen los modelos macroeconómicos al uso.
Me viene ahora a la cabeza algo que creo que no sólo yo, sino otros muchos, hemos oído a lo largo de los años 2008-2010. A lo largo de esos años yo he escuchado a mucha gente (aunque cada vez a menos, eso sí) decir cosas como “yo no noto todavía la crisis” o “yo no veo que haya tanta crisis como se dice”. Pero, estaba claro que haberla, la había como todos los indicadores de coyuntura del INE mostraban a las claras, y como ese tipo de comentarios señalaban (pues cuando uno dice que no nota la crisis e o no la ve está afirmando implícitamente que sí que la hay aunque no la sienta o no la vea). Pues bien, cada vez que una persona se expresaba en estos términos estaba señalando cómo en sus decisiones económicas se enfrentaban dos fuentes de información opuestas: por un lado, su información de fuente privada, la que le dice que no hay crisis, que le llevaría a comportarse “como antes”, sin tomar medidas precautorias. Pero, a la vez, habría otra fuente de información, pública, que sería el comportamiento de los demás (las cifras del desempleo, el comportamiento der sus vecinos, etc.) que le suministraría una información contraria: la de que sí que hay una crisis. Una cascada informativa acontece cuando los agentes que se encuentran sometidos a esas dos fuentes discrepantes de información optan por utilizar como guía de su comportamiento la fuente pública, y al alterar su comportamiento, al comportarse como si ellos también estuvieran en crisis, se convierten en vectores de contagio de la crisis económica a otros sectores. Un contagio de tipo diferente al que se produce vía el multiplicador keynesiano. No es que las empresas vayan demandando menos factores de producción porque sus carteras de pedidos han disminuido lo que lleva la crisis a otros sectores, es que las empresas demandan menos aunque sus carteras de pedidos sigan siendo elevadas pero se comportan como si ya estuviesen en crisis, y al así hacerlo la crearían. Dicho de otra manera, es como si las empresas en su comportamiento siguieran el refrán de las “barbas del vecino”, y al final, todas las barbas estarían afeitadas.
Está claro que, en principio, no parece que todos los agentes sean igualmente capaces de generara o provocar una cascada informacional. Malcolm Gladwell en su conocido libro Tipping Point ha hablado de la “ley de los pocos” que actuaría en las redes sociales independientes de la escala. Estas son redes en que hay unos pocos agentes que tienen un gran número de conexiones con otros o información relevante para un gran número, en tanto que la mayoría tienen muchas menos conexiones o información menos importante. Por ejemplo, la estructura de Internet es la de una red libre de escala, pues unos pocas páginas o sitios tienen muchas visitas y las demás muy pocas. Los agentes altamente conectados, los “influyentes”, ejercen un peso decisivo en si un determinado comportamiento se difunde a lo largo de una red.
Desde un punto de vista económico, parece claro que hay un sector como es el financiero que es influyente en este sentido en todas las economías de mercado en la medida que el sistema de crédito se convierte en el mecanismo de financiación habitual, seguido de cerca por otros como el inmobiliario o el transporte cuyo peso relativo dentro del PIB les lleva a tener un elevado número de conexiones con le resto de sectores económicos. Pero, a efectos de generar cascadas informativas, no hay que olvidar el sector de comunicación. Hace muchos años que Marshal Mcluhan señaló que los medios de comunicación modernos habían cambiado el sistema de relación interpersonal de forma que estaríamos crecientemente viviendo en lo que denominó muy gráficamente, la “aldea global”. Como en las viejas aldeas en que todo el mundo era consciente del devenir de sus escasos convecinos, ahora somos conscientes de lo mismo a escala global. Todos vivimos en una aldea de tamaño descomunal. Las distancias espaciales y temporales se habrían acortado prodigiosamente gracias a los medios de comunicación, de modo que todos simultáneamente conocemos el devenir económico de todo sector en cualquier lugar. Los medios de comunicación aumentan portentosamente el radio o rango de conocimiento o consciencia local necesario para el comportamiento sincronizado, lo cual hace a este más global. Las crisis que nos afectan a todos. También, y curiosamente, agentes como el INE pueden ser extraordinariamente relevantes a la hora de generar una cascada informativa. ¿Cómo sabían los agentes económicos del siglo XIX que había una crisis económica en otros sectores de otras regiones o países? ¿Es caso el INE responsable siquiera parcial de la profundidad de una crisis como la que asola hoy a la economía española?
(continuará)

NOTAS

1El papel inverso de la coreografía, su capacidad para crear y desarrollar vínculos de coordinación entre los hombres, ha sido puesto de manifiesto por el gran historiador William McNeill en una curiosa obra, Keeping Together in Time. Dance and drill in human history, en que estudia la hipótesis de que el movimiento rítmico coordinado ha sido una fuerza básica a la hora de mantener a los grupos unidos (vinculación a la que llama “muscular bonding”) y posibilitar el logro de actividades colectivas. La gente que se mueve junta al mismo ritmo tiende a crear lazos entre ella.
2 Está en ingles pero con subtítulos en español y es francamente sorprendente.
Engaño / Autoengaño
Este articulo del blog de F.Traver, sobre R. Trivers es interesante..

"Antropólogo y biólogo Trivers es seguramente uno de los nombres mas importantes de la neurociencia actual y la psicología evolutiva, sus estudios sobre el altruismo recíproco arrojaron luz para la comprensión evolutiva de una de las conductas mas incomprensibles de los organismos vivos a la luz del evolucionismo puro y duro: la ayuda mutua. Menos conocidos son sus estudios sobre el engaño y el autoengaño.
El engaño es una conducta que podemos encontrar en toda la escala animal y que sirve para obtener ventajas en la interacción con otros individuos usualmente de la misma especie pero tambien entre distintas especies y utiliza el amago de las verdaderas intenciones: no hay engaño sin ocultación, a este respecto ya escribí hace un tiempo un post sobre los engaños que ciertas especies efectuaban en relación con sus congéneres u otros a fin de resultar polinizadas o fecundadas, escapar de la rivalidad de los machos dominantes u obtener prebendas en la distribución de cargas.
La idea de Trivers es que el autoengaño evolucionó a partir del engaño: a fin de hacerlo más fiable en su propósito de engañar. Efectivamente los mentirosos con la repetición de sus mentiras corren el riesgo de ser descubiertos con lo que sus engaños resultarían cada vez mas ineficientes. Es por ello que la detección de mentirosos y la sofisticación de los engaños coevolucionaron.
...Pero los humanos gracias a la aparición del lenguaje hemos refinado mucho nuestros métodos de engaño, hasta tal punto que Guidano supone que no hay conciencia humana sin autoengaño, o dicho de otra forma, el autoengaño parece ser la prestación por defecto de nuestro cerebro: de lo que se trata es de construir un mundo que encaje con el modelo original, un modelo coherente o de alta relevancia en relación con el contexto, hacer encajar un mundo cambiante con el modelo previo que el cerebro ya ha construido. Nuestro cerebro no está pues destinado a encontrar la verdad sino a hacer congruente lo que se encuentra ahi afuera con el mapa que tiene de sí mismo adentro: el autoconcepto.
La mejor forma de mentir es que los demás no detecten nuestras mentiras- a través de esas pequeñas señales psicosomáticas que delatan una falsedad- y la mejor forma de hacerlo es llegar a creerse las propias mentiras. Esto es precisamente el autoengaño, una adaptación destinada a incorporar nuestras mentiras y hacerlas inconscientes o poco visibles a fin de aparentar ser fiables pues todo engaño está destinado a la autopromoción.
...Sin embargo el autoengaño tiene un coste muy alto desde el punto de vista de la prueba de la realidad: el autoengañado ha de fragmentar el mundo en aquellas parcelas en las que se autoengaña y aquellas otras donde aplica el principio de realidad a rajatabla.
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Cometarios posteriores:
-Los significados-simbolos-intenciones nos enjaulan
-Spinoza :
“no hay en el alma ninguna voluntad absoluta o libre, sino que el alma es determinada a querer esto o aquello por una causa, que también es determinada por otra, y ésta a su vez por otra, y así hasta el infinito” (proposición XLVIII de Ética)
“Tenemos grados de libertad para hacer lo que queramos, pero ninguna libertad para querer lo que queramos”.
Lo que significa que el libre albedrio se mueve entre dos horizontes:
1)la determinación que procede del contexto y que de alguna forma condiciona qué vamos a hacer
2) y la libertad del sujeto para moverse dentro de las coordenadas de ese mismo contexto.

Articulo resumido ver articulo completo en:
http://pacotraver.wordpress.com/2010/11/24/engano-y-autoengano/

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