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miércoles, 10 de febrero de 2010

El poder cambia el cerebro .Xaro Sánchez-LV

Xaro Sánchez | 26/01/2010 - 09.45 horas
doctora en medicina i cirurgia psiquiatria
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Dicen que Obama ya no es el mismo. Que después de un año de mandato su actitud hacia los demás es distinta: más lejana, más distante, más fría, a veces hasta manifiestamente esquiva. Los ciudadanos en general y los periodistas en particular que lo han de seguir por doquier, no lo siente tan asequible y próximo como cuando era candidato a la presidencia, y su popularidad ha bajado. Seguro que hay multitud de factores implicados en la comprensión de dichos cambios y en la diferente percepción externa que de Obama ahora se tiene, pero hay uno de 'alta potencia' que la neurociencia y la sociobiología están resiguiendo desde hace tiempo y que debería añadirse: que el poder 'social', aquel que se otorga, se roba, o se cede con la intención de producir cambios en los demás, transforma sustancialmente al cerebro. Y los síntomas de Obama encajan perfectamente con esa transformación. No es sin embargo Obama el único político sumido en el poder con 'síntomas'. Si se fijan a partir de ahora, podrán detectarlos en cualquiera de los políticos que tenemos más a mano, sean locales, autonómicos o estatales. Y no sólo en personas que ostentan el poder político, sino también otras formas de poder (organizativo, empresarial, etc.).

El poder no es asequible a todo el mundo por igual. Hace falta un 'talento' especial, unos ingredientes temperamentales facilitadores de comportamientos de búsqueda y consecución por mandar con más o menos dosis de liderazgo. Esos ingredientes, de cariz neurobioquímico y neurohormonal, no se distribuyen por igual entre la población. Tampoco todos los poderosos 'actuales' son idénticos, pero casi seguro que entre los verdaderos 'dominantes sociales' existen rasgos invariables. Pero ese no es el tema ahora. Por que independientemente de todo eso, de cómo se sea o de si se tiene más o menos gracia y disposición para el ejercicio del poder, éste por sí sólo es capaz de cambiar el cerebro.

Una vez en el mando, la persona 'se transforma'. Seguramente el grado de transformación depende del propio temperamento previo y de otras influencias como por ejemplo del género, pero el 'poder del poder' sobre el cerebro es tan fuerte, que invariablemente acaba repercutiendo sobre algunas motivaciones y emociones aunque no se sea proclive a él. Cuando se nos da la posibilidad de 'ser poderosos' (aunque sólo sea un rato), el ser humano muestra señales de ser en algunos aspectos distinto al de antes.

Algunas investigaciones recientes han puesto de manifiesto lo que ya muchos saben por sus experiencias con personas que ejercen el poder. Si se conocía previamente al mandatario cuando no lo era, los cambios son más perceptibles. (Antes de seguir leyendo, hagan el ejercicio de resumir en pocos adjetivos los cambios que han notado en gente que ahora ostenta el poder y que habían conocido previamente a ello. Seguro que les coinciden con los de las investigaciones).

Algunos sencillos experimentos consistentes en otorgar un papel de 'poder' o 'sumisión' a sujetos experimentales 'normales' tan sólo durante un rato, mientras dura el experimento, detectan que el que manda se vuelve más frio emocionalmente, más distante, menos empático con sus congéneres y más motivado en pensar en sí mismo que en los demás. No se han hecho esos estudios con personas poderosas comparándolas con otras que no lo son, así que no puede responderse a si la proclividad temperamental previa al poder produce más frialdad emocional que dar poder a quien no lo busca.

Pero sea como sea, todo indica que el poder 'corrompe' convirtiendo en más 'egoísta' y frío a quien lo posee. Como si finalmente y en el fondo, quizás sumido todavía en la imperiosa necesidad de la supervivencia evolutiva, el cerebro leyera que el poder sirve sobretodo para acceder a su propio beneficio. Entre los tiranos y dictadores es evidente y sin tapujos, y hasta sintoniza con sus objetivos. Ahora bien, en democracia, cuando el poder se pretende ejercer con la mirada puesta en los demás, no deja de ser paradójico.
El poderoso demócrata también se vuelve menos empático, así que si pretende mantener su rumbo deberá esforzarse para que disponer de autoridad y dominio no le anule o en el mejor de los casos, le reduzca la perspectiva ajena.




1 comentario:

José Amorós dijo...

Muy interesante el artículo Ramón. Creo que een España también hay ejemplos de ello.

saludos.